LUIS ROJAS MARCOS
EL PAÍS - Opinión - 23 de septiembre, 2001
Angeles anónimos en Nueva York

Pocos minutos después de que los terroristas suicidas estrellaran los aviones contra las gigantescas Torres Gemelas de Nueva York, dos torrentes humanos se cruzaban apretujados en las escaleras de emergencia de estos simbólicos rascacielos en llamas. Mientras una procesión de hombres y mujeres aterrorizados bajaba en busca de la puerta de la salvación, cientos de bomberos subían sin titubear por las mismas escaleras empeñados en rescatar a las víctimas atrapadas en aquel infierno, y desaparecían para siempre.

En mi pequeño mundo de aquella espantosa jornada, yo me hallaba en el centro de control que había improvisado el departamento de bomberos en la calle, justo delante del centro de oficinas conocido por Financial Center, a ciento y pico metros de las torres. Al no funcionarme el móvil, un señor se ofreció amablemente a acompañarme a un despacho de este edificio para poder avisar desde un teléfono fijo a los hospitales más cercanos sobre la catástrofe. En breves minutos se derrumbaba la primera torre y me encontré atrapado, junto con otras ocho o nueve personas, en el inmueble, sin luz, inmerso en una nube espesa de polvo. En medio de una confusión angustiante aparece un individuo totalmente desconocido para mí que con palabras firmes y serenas nos infunde esperanza. A continuación, este ángel anónimo, desafiando el peligro, empieza a explorar posibles salidas, nos guía con una linterna y gracias a él logramos escapar ilesos entre una inmensa montaña de escombros salpicada de cuerpos sin vida.

Durante las próximas horas se sucedió un escenario del horror: docenas de ejecutivos caían como peleles al vacío, y miles de criaturas morían incineradas, o aplastadas por trozos enormes de cemento o de acero retorcido. Al mismo tiempo, en las puertas de los hospitales de la ciudad se agolpaba una multitud ingente de voluntarios acongojados implorando donar su sangre o impartir consuelo a los damnificados. Ante este desfile interminable de personas generosas y abnegadas sin nombre ni rostro, no son pocos los que se preguntan perplejos los motivos ocultos o las posibles neurosis que empujan a los seres humanos a sacrificarse por otros a costa del bienestar propio, a arriesgar y hasta dar su vida por salvar a unos extraños. Por mucho que se admira el coraje de estos héroes no se acaban de comprender sus gestos desinteresados porque, se cree, que van en contra del instinto de conservación, del principio del egoísmo. Gran parte del asombro y de la incredulidad que nos producen estos actos altruistas brota de la noción negativa de la naturaleza humana tan de moda en nuestros días. En la sociedad del siglo XXI abundan los poetas, los académicos, los líderes religiosos, los comentaristas y los hombres y las mujeres de la calle afligidos por un agridulce y contagioso pesimismo. Son legión los escépticos derrotistas que no cesan de invocar aquello de 'el hombre es un lobo para el hombre'.

Cada día, sin embargo, se acumulan más datos científicos que demuestran que las tendencias altruistas están perfectamente programadas en nuestro equipaje genético y alimentan el motor imparable de la evolución y la mejora de la especie. Incluso los pequeños de dos años ya se turban ante el sufrimiento de personas cercanas y hacen intentos para consolarlas. Es un hecho comprobado que las comunidades unidas por fuertes lazos de solidaridad, no sólo aumentan las probabilidades de que sus genes estén representados en generaciones futuras, sino que prosperan más que los colectivos fragmentados por el egocentrismo.

También se ha demostrado que la generosidad y la predisposición a auxiliar a nuestros semejantes son una fuente esencial de la felicidad humana. Esto explica el que tantos hombres y mujeres cumplan con esa ley natural que prescribe que la mejor manera de conseguir la dicha propia es sencillamente proporcionársela a los demás. En este sentido, la satisfacción que nos producen nuestras acciones solidarias es el trofeo que recibimos por obedecer a nuestros impulsos naturales.

Sospecho que el odio fanático y los atentados terroristas continuarán formando parte del catálogo de espantos durante mucho tiempo. Pero la filantropía y la revulsión contra la violencia también continuarán siendo uno de los distintivos de la humanidad. A través de nuestra historia y en todas partes del mundo, la gran mayoría de las personas considera emocionalmente imposible torturar o maltratar a propósito a un ser humano y, mucho menos, quitarle la vida. La prueba fehaciente de este hecho es que perduramos.

Quizá la clave para entender a los ángeles anónimos esté precisamente en esa fuerza vital innata que nos estimula a perseguir la propia dicha y la de los demás. Todos o casi todos somos herederos de un talante benevolente y de una disposición compasiva que han evolucionado a lo largo de milenios. Es comprensible que sean pocos los inclinados a distraerse con el largo camino de la evolución a la hora de admirar la bondad humana. Después de todo, lo mismo ocurre cuando nos deslumbramos con una piedra preciosa. Casi nunca pensamos que debe su belleza a millones de años de presión en la roca.

Al final, la lección más importante que he aprendido en estos días tan dolorosos es que nuestra tarea diaria consiste en ayudarnos unos y otros, y que el mejor negocio es el bien común. Este trágico 11 de septiembre que cambió a este pueblo para siempre me ha hecho recordar un pasaje del Diario de Ana Frank, la niña de quince años que en vísperas de morir en el campo de concentración nazi de Belgen-Belsen, en marzo de 1945, escribió: 'A pesar de todo, creo que la gente es realmente buena en su corazón'.

 
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